A menudo escuchamos que el estancamiento de nuestra educación, suele atribuirse a una falta de técnica, es decir, al desconocimiento del cómo; así escuchamos que “los profesores no están capacitados para hacerse cargo de los problemas educativos”, o bien “el problema educativo es algo que ha superado a la contingencia de la sala de clases y de los docentes”. Como una forma de responder a esta demanda social, la respuesta frente a este tipo de dificultades ha quedado remitida al dominio técnico de la educación y a la idoneidad de las competencias de quienes imparten la docencia. La capacitación técnica, por tal, es y ha sido el corolario frente a la resentida ‘calidad de la educación’. Sin embargo, conviene precisar que la técnica es y ha sido siempre un proceso posterior a la educación misma.

Y qué es la técnica entonces, sino esencialmente una puesta en práctica de lo que se espera, de ahí su afán de aplicación, de trabajar con lo previsto; sustrayéndose a la posibilidad de la novedad: la técnica opera siempre en torno lo mismo; por eso que no hay técnicas para prever lo desconocido, lo diferente. ¿Acaso no se educa a los jóvenes de antemano, para pre-ver, ver antes, y saber ya lo que se da? ¿No será que hemos perdido a fuerza de la técnica la posibilidad de apertura de la educación, o si se quiere del reencantamiento de lo humano? O como lo plantea Joan-Carles Mélich una pedagogía de la exterioridad y la alteridad, una pedagogía de la radical novedad, aquella que se instala fuera de la lógica del sistema, del uso técnico pedagógico, sino más en la hospitalidad.

Podríamos decir incluso que el problema de la educación, en cierta manera, es independiente de la técnica, como si la educación buscara ‘algo que decir’; sin embargo se privilegia más bien lo segundo: el ‘cómo decir’. Y si es así, el problema educativo apunta entonces a un suelo semántico en el que se moviliza el ‘acogimiento’, la ‘responsabilidad’ y la ‘hospitalidad’; y sólo, posteriormente el ‘saber hacer’ de la técnica.

Desde este punto de vista, el problema educativo consiste antes que todo en «una situación óntica cristalizada en una afirmación ética.»[1]; y que tal vez, a esto señala lo semántico del algo que decir, el cual predomina por sobre el cómo hacer. ¿Acaso no sería sintomático pensar que se sobrevalore el cómo antes que el ‘algo’?

Lo que hoy nos reúne en la educación es la asfixia de su sentido, la opresión que nos causa la caída de su sentido. Tal vez hoy sea la oportunidad de comenzar a realizar una lógica de la negación educativa, una tal, que reflexione sobre la engañosa afirmación de la técnica, donde se reitera lo sabido antes que lo dado; una negación que sostenga que toda técnica es falsa en el fondo: (¿por qué?) porque pensar lo contrario, sería afirmar que, “si no tenemos técnicas, no se podría educar, pensar ni siquiera hablar”. Y aunque las tuviéramos ¿de qué vale la adquisición de técnicas, sino sabemos para qué?

La educación no es un manipuleo técnico, así como tampoco el menudeo del saber; y sin embargo nos hemos acostumbrado a un saber acumulativo y cuantitativamente visto, haciendo de la realidad educativa, un mundo de cantidades. No debería causarnos extrañeza esto, puesto que la educación en este país, se esgrime sobre la base de la competitividad, coincidente con el afán de producción y de logros subjetivos.

Hemos construido una educación sobre la base de las finalidades (telos) y no sobre sus principios (arje). Nos hemos acostumbrado a usar para la educación un lenguaje técnico-pedagógico (técnico-administrativo); y confiados en el destello de la respuesta “científica”, dejamos en la intemperie la pregunta que, clase a clase, nos interroga el desplegarse de lo humano.

La exhortación, el llamado de este encuentro, es comenzar a reflexionar sobre los pliegues, los dobleces de lo que denominamos ‘comunidad educativa’, y dejar de entenderla como una tela lisa o extendida dispuesta sobre la mesa, donde se tijeretea la prenda, para su posterior exposición en los escaparates de la comercialización.

No se trata de observar lo primigenio, la génesis de la experiencia del significado; sino de entreverar que la experiencia humana aún sostiene la negación que adolece el sentido. ¿Será por ello que la experiencia educativa es tan frágil, puesto que en ella siempre existe el miedo de no tener sentido, de no tener ninguna dirección?

En esta apertura, como todo explorador, quisiéramos iniciar esta tarde un viaje al diálogo fructífero y honesto; donde, tal vez, sin saber lo que nos espera, nos arriesguemos a dar un paso más en este camino que hollamos en común.

 

[1] Rodolfo Kusch. Geocultura del Hombre Americano; en Obras completas Tomo III. Editorial Fundación Ross. Rosario. Provincia de Santa Fe. Argentina. 2000. Pág. 10.

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