“Soy un discípulo del filósofo Diónisos, preferiría ser un sátiro antes que un santo. […] Lo último que yo prometería sería «mejorar» a la humanidad.” (Ecce Homo, Nietzsche).
“En la afirmación de lo múltiple hay la alegría práctica de lo diverso. La alegría surge como si fuera el único móvil para filosofar.” (Nietzsche. Gilles Deleuze).
«Pensar es, mal que nos pese, no un oficio, sino una iluminación sobre la posibilidad de que algo trascienda.» (Rodolfo Kusch).


Geopensamiento
Este concepto es acuñado en la reflexión que realizó el pensador argentino Rodolfo Kusch, en torno a la relación que posee la cultura y el pensamiento en América Latina. Es en Geocultura del Hombre Americano (1976) donde se depositan los supuestos filosóficos: la diferencia entre la filosofía y el pensamiento, la relación que tiene el pensamiento y la filosofía al interior de la cultura y de cómo cada una de ellas traduce en términos culturales distintos la situacionalidad en América Latina: «El problema de América en materia de filosofía es saber quién es el sujeto del filosofar. Evidentemente el discurso filosófico tiene un solo sujeto y éste será un sujeto cultural. Mejor dicho, la filosofía es el discurso de una cultura que encuentra su sujeto.»; del mismo modo habría que interpretar la cuestión del pensar, en términos de que «Quizá no podría tomarse mucho más allá que como una forma especial de pensar, en tanto este pensar, desde el punto de vista etimológico, implica el concepto de pesar. Según esto el filosofar no es más que un pesar lo que nos ocurre.» Así, la filosofía es la lectura cultural de un sujeto que pesa en el pensar la existencia humana.
De este modo, la filosofía en nuestro continente se abre a la antropología cultural para pensar una antropología filosófica, es decir, de un sujeto desde donde pensar; pues es al interior de este sujeto donde encontramos una contradicción frente a todos los supuestos filosóficos que occidente construye en función de su propio “sujeto cultural”. No es sólo el tiempo histórico relevante a la hora de pensar, es fundamental el lugar cultural que se ocupa. El pensamiento no sólo “ocurre” sino que también “ocupa” un lugar donde “cae” el pensar. Es en el acontecimiento de esta experiencia donde el pesar del lugar se instala como referente geográfico de la existencia humana, puesto que «No hay otra universalidad que esta condición de estar caído en el suelo, aunque se trate del altiplano o de la selva.» El pesar, no sólo hace la instalación del pensamiento sino también de la existencia. Así, la filosofía es una cuestión de saber pesar la consistencia de la existencia del ser humano. “Ser Humano” tiene mucho que ver con esta condición de estar caído, ocupando un lugar; sin embargo notamos una cierta pasividad en este Ser, un ser que no intenta transformar el mundo en función de sí mismo y que opera desde otro punto gravitatorio. Para Kusch, es afortunado el idioma español, puesto que aún conserva esta “diferencia gravitatoria”: Ser y Estar. La interpretación que realiza Kusch, es pensar que en términos filosóficos, la reflexión occidental tiene como centro gravitatorio al Ser; mientras que en América Latina gravita en torno al Estar. Por ello, existe una diferencia gravitatoria entre “ser vivo” a “estar vivo”, del mismo modo que “ser humano” y “estar humano”.
La idea de “Ser humano” es una condición que se ha modificado en el tiempo; la historia ha sido creada para describir este proceso, la política para la administración de dicha idea de “humanidad”, y el derecho para legalizar y normar la conducta de dicho ser. De hecho esta “idea” de ‘ser humano’ es lo que se ha vuelto tan controversial que hasta su sentido original ha perdido fuerza y consistencia. “Ser Humano” se ha vuelto una cuestión de índole contractual, jurídica y distributiva, una cuestión biopolítica. El Ser Humano se ‘civiliza’ como política socio-cultural, dejando tanto a la subjetividad y a la libertad engrilladas a un orden epistémico, al poder de saber ‘lo que es bueno para el ser humano’; del mismo modo en que el Humanismo devine la política cuando pasa gobernar la vida humana y por tal, a constituirse como biopoder. La dinámica del biopoder (cuerpo-individuo, cuerpo-especie) presente al interior de la “naturalización (política) del Ser Humano” es un conjunto de estrategias de saber y de relaciones de poder que se articulan desde el siglo XVIII: cuando comienza a utilizarse lo biológico como componente de una tecnología política. El “ser” de lo “humano” queda reducido a una construcción epistémica y a un orden político. Quizá por eso son los enormes esfuerzos que instala en pensamiento occidental en la ontología del ser, una manera en que se pueda salvar en vano la metafísica.
Recientemente, en un encuentro cultural organizado por el gobierno chileno, en el cual se debatiría abiertamente sobre las necesidades de las organizaciones culturales y las propuestas que iban a satisfacer estas mismas necesidades. Lo importante de este encuentro, no fueron sólo las ideas que se manifestaron de las distintas organizaciones y representaciones que señalamos en nombre de “La Cultura”, sino que también la sistematización, la tecnificación del lenguaje, la organización tecnocrática de dichas ideas por parte de la institución organizadora.
En este mismo encuentro estaban presentes los representantes de la comunidad Diaguita de la IV Región. Su petición era simple: el participar activamente de las actividades culturales que el gobierno propusiera y contar con un lugar para realizar allí las ceremonias de acuerdo a sus tradiciones culturales. Todos los presentes estuvieron de acuerdo en lo primero y lo valoraron de manera significativa, sin embargo, lo segundo, fue ignorado (casi como si se hiciera oídos sordos). Llama la atención el valor semántico que adquiere lo cultural: el primero es mostrar un producto determinado, una vasija de greda, un adorno de orfebrería, etc.; mientras que el segundo, apela a un indeterminado de una cultura (lo sagrado), aquello que no puede exhibirse en los escaparates turísticos, aquello que no es posible de señalar y establecer evidencias de corte objetivista ni tecnocrático.
El valor sagrado de una cultura está muy por de debajo de la valoración del producto de una cultura, bien lo decía Slavoj Žižek (filósofo esloveno) que es más fácil imaginar el fin del ser humano que el fin del capitalismo. Esta simple incomprensión hace  la distancia entre dos distintas formas de pensar, del mismo modo en que se diferencian dos ‘formas de vivir’ diferentes.

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